Crimen organizado domina cárceles Brasil

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Las facciones de pandillas criminales controlan la vida dentro de las cárceles del Brasil. (Foto: Reuters)

Sao Paulo, (Reuters) – Fue una matanza brutal incluso para los estándares de Brasil. Los supervivientes del motín de la cárcel brasileña de Altamira pasaron más de una semana en calzoncillos porque los guardas no les entregaron las ropas llevadas por sus familias, según el relato publicado por una periodista que entró en la prisión a los ocho días de la revuelta. Pero eso y tener que dormir en un suelo infestado de orines no es lo peor que les ocurrió a quienes salieron vivos de la brutal batalla que dos bandas criminales libraron en el atestado presidio.

Rodeado por reservas ecológicas, está en un remoto municipio de la Amazonia. Cuatro sobrevivientes fueron estrangulados por otros presos en las mismísimas narices de la policía mientras eran trasladados en un furgón dividido en cuatro celdas y vigilado por cámaras, que, casualidad, fallaron durante el trayecto.

La de Altamira (Pará) es con 62 muertos a finales de junio la segunda peor matanza carcelaria de la historia de Brasil. Dieciséis de ellos, decapitados. Y es también el último ejemplo elocuente del inmenso poder de los grupos criminales en las cárceles.

Las bandas se han hecho fuertes ante el vacío del Estado. El Primer Comando de la Capital (PCC), de São Paulo, y el Comando Vermelho, de Río de Janeiro, libran tras las rejas el pulso que mantienen fuera por el tráfico de drogas. El motín de Altamira empezó cuando aliados del PCC salieron de su galería para cazar a rivales del CV.

Las bandas imponen sus normas en muchas cárceles como admiten las autoridades. Por eso tras las rejas en Brasil, nada está garantizado. Son “mazmorras medievales”, dijo en 2015 el entonces ministro de Justicia. Las presas suelen tener que improvisar tampones con miga de pan. La carne en mal estado u otras quejas por la alimentación son motivo frecuente de motines.

Recuperar el control de las prisiones es una de las misiones que el presidente Jair Bolsonaro ha encomendado al antiguo juez Sergio Moro, ahora ministro de Justicia y Seguridad Pública, aunque prácticamente todas dependen de los estados. La población carcelaria de Brasil se ha duplicado en una década hasta los 722.000 presos hacinados en unas prisiones que están al doble de su capacidad. Solo EEUU y China tienen más reclusos.

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