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utópico pensar que el desconsiderado hábito de las primas millonarias entre los gigantes
financieros va a desaparecer así porque sí de la noche a la mañana; ya que la complacencia con las loterías de bonos es tan adictiva o más que cualquiera de las otras mencionadas. Y si no hay un proceso largo y sostenido que ayude a tratarlas y a curarlas, serán como las enfermedades recurrentes, que aminoran con paliativos temporales y luego regresan con toda su potencia devastadora.
El primer mecanismo que servirá a ayudar a ponerle remedio a estos terribles vicios que afectan gravemente el sentido pertenencia social es la estricta regulación y vigilancia por la que el Presidente viene abogando. El segundo serían las “normas de castigo” que se discuten, es decir, la imposición de tasas que pueden llegar hasta el 90 por ciento de las sumas recibidas cuando estas sobrepasen los umbrales de la decencia.
Pero el remedio más deseable, -y desde luego el más utópico- sería que las mismas instituciones recuperaran el antiguo espíritu de sensatez, de justicia y sentido común, que las llevara a renunciar a ciertas prácticas, muy útiles quizás para retener a directivos talentosos, pero muy nocivas en alentar prácticas truculentas contra la clientela, y para generar sentimientos de irritación y de impotencia entre los que contemplan esta desfachatada danza de los millones frente a sus narices, mientras ellos apenas alcanzan a cubrir las facturas de la supervivencia básica de cada mes.
Aunque milagros existen en el mundo, el que las grandes financieras se “conviertan” a una visión de austeridad solidaria ciertamente no es el más probable. Entonces, lo mejor es preparar el ánimo para acostumbrarse a las orgías de bonos que seguramente se seguirán dando ante nuestros ojos. Pero para no quedarse cruzados de brazos, por lo menos escribir y presionar a los legisladores que nos representan para que muestren un poco de la dignidad que han prometido y hagan lo que esté entre sus manos para detener este festival de la inconciencia

Una de las noticias que más enfureció a los contribuyentes americanos cuando se produjo el desplome del sistema financiero un año atrás, fue el conocer las escandalosas cifras que en forma de bonificaciones, se agenciaban los directivos de los mayores consorcios bancarios del país; furia que se transformó en frustración cuando el gobierno decidió sacar miles de millones del erario público para arrojarle “salvavidas” a estos “necesarios” eslabones del sistema financiero.
Durante el presente año el debate ha sido muy candente sobre cómo ponerle remedio a una tal conducta de insolidaridad con la mayoría de los ciudadanos, que se debaten entre el drama de perder el empleo, perder la casa, o perder la posibilidad de pagar la educación para sus hijos. Y el presidente Obama ha expresado repetidamente la necesidad de que se encuentre un camino para ponerle fin a esta feria de la incontinencia.
Pero todos saben que esta no es una medicina fácil de encontrar ni de aplicar. Hace apenas pocos meses algunas grandes financieras se debatían en el coma financiero entre la vida y la muerte. Esta semana en cambio, una vez conocida la noticia de que JP Morgan y Goldman Suchs habrían obtenido mayores ganancias de las esperadas para el trimestre, de inmediato se reactivó la euforia, y poco después salían al dominio público las astronómicas cifras que las financieras han reservado para pagar bonos a sus funcionarios.
Por otro lado, los esfuerzos del presidente Obama para obtener la aprobación de una reforma al sistema que mejore los instrumentos de control, avanza muy fatigosamente por entre las comisiones del senado, y muchos temen que su suerte se enrede y colapse en alguna de ellas, dado el poderoso músculo de lobbies e influencias que los bancos implicados despliegan en Washington para arenar o bloquear completamente la propuesta.
Quien ha sufrido o tratado adicciones, de las comunes como el alcohol y el tabaco, o de las graves como los narcóticos, sabe que una adicción no se cura por un simple gesto de la voluntad, en un día, o en un mes. Sabe también que no se cura por un decreto, y ni siquiera por una radical decisión de la voluntad. Los procesos que han creado adicción, en lo somático como en lo sicológico necesitan periodos de tratamiento largos, fatigosos, motivados y sostenidos.
Lo traigo a colación para explicar porqué es